sábado, 26 de diciembre de 2015

Tiempo de verano

Casi amanecía.  
Todas las personas que amaba estaban muertas o dormidas.  
El ruido manso de la laguna golpeando contra las piedras de la orilla acunaba a la nostalgia como a un niño bello y frágil.

Yo estaba, como siempre, sin saber qué hacer. Esperando que vinieran a buscarme. Esperando que me pidieran algo. Esperando que resucitasen o despertasen. Pero nada de eso sucedía aquel amanecer de verano. 
En la casa se escuchaba la respiración de los que dormían y en el mato, entre las ramas húmedas, leves sacudidas de hojas y aleteos de pájaros. Quería imaginar que eran los fantasmas de mis amados pero sabía que no eran más que el augurio de un nuevo día, largo, denso, caliente, en que yo debería seguir viviendo sin ellos. 

martes, 19 de agosto de 2014

Historias de la niña enojada. IV: Las telas de maruja

Desde muy temprano, en la casa de mi niñez, se escuchaba el pedaleo de mi madre en la máquina de coser. Traca-traca, traca-traca-traca, traca-traca-traca.
Haciendo el dobladillo del pantalón del almacenero; arreglando la camisa del hijo de la vecina; colocando un cierre en el vestido de la escribana de enfrente. Los clientes de mi madre la modista eran como ella, gente del barrio, trabajadores que usaban ropas de telas rústicas y sin diseño.
Pero mi madre también sabía hacer bellos vestidos, trabajar la seda y la organza, colocar puntillas, y combinar el tul con muselina. Con esos materiales mi madre trabajaba con más entusiasmo, diseñaba moldes, extendía sobre su mesa de trabajo las telas y parecía bailar alrededor de ellas, observando sus pliegues, eligiendo con cuidado el mejor lugar para apoyar la tijera y rasgar el tejido con delicadeza. Cuando yo la observaba trabajar en esos momentos sentía que algo de la madre que conocía se marchaba y llegaba otra mujer a la que nunca le hacíamos espacio en nuestras vidas, a la que ni siquiera ella se permitía invitar.
No habría conocido esta otra faceta de mi madre, la modista del barrio, de no haber sido por Maruja, una mujer rica que tres o cuatro veces al año llegaba a nuestra casa, en un brillante auto negro con chofer, para que mi madre cosiera para ella.
Yo le tenía miedo. Era una mujer muy alta, de cabellos renegridos y largos y pómulos empolvados, que olía a perfumes dulces y espesos.
Cuando el auto negro estacionaba frente a casa mi madre suspiraba aliviada. Maruja era rica y generosa, pagaba por adelantado y nos sacaba por unos cuantos días del arroz y la polenta.
Además Maruja traía metros y metros de telas exóticas, de países a los que viajaba habitualmente, y nunca aceptaba que mi madre le devolviera los retazos sobrantes.
De esos ratazos tuve en ocasiones una blusa nueva para ir a un cumpleaños o una pollera hermosa para la nochebuena.
Algunas veces me pregunté, y todavía siento vergüenza, por qué razón aquella mujer imponente, acaudalada, que compraba sus telas en Europa, elegía a mi delgada y ojerosa madre para confeccionar sus ropas. Como nunca encontré una respuesta satisfactoria acabé aceptando que mi madre, a pesar de mi descrédito, era una gran modista escondida en un barrio marginal a la que Maruja había descubierto.
Pero cuando llegaba Maruja a nuestra casa yo sentía miedo. La rabia vino después, desde aquella tarde cuando llegó como siempre de improviso en su coche negro con chofer y yo salía de casa con mi pollera floreada, igualita al vestido que ella llevaba puesto. Entonces fue que percibí por primera vez aquella mirada que desde entonces he detestado tanto, una mirada iluminada por la dulzura y oscurecida por la lástima, como hacia un cachorrito al que rescatás de su desgracia y por esa razón sentís que te pertenece.
Nunca volví a usar esa pollera hecha con los retazos de telas de Maruja.


jueves, 14 de agosto de 2014

Historias de la niña enojada. III) Un gato

Una vez prometió que me traería un gato. Posiblemente sólo eso tendría para darme.
Ya estaba enfermo y vagaba por las calles que rodeaban mi escuela. A veces lo veía arropado bajo los techos de las tiendas, como un bicho. Desde hacía varios años no vivía en casa y nunca llevaba nada, aunque a veces nos robaba. Por eso todos estábamos expectantes de su llegada con el gato. Un sorpresivo gesto de ternura, un extravagante acercamiento al mundo de los niños y sus mascotas, un gesto paternal, un signo.
La tarde era cálida y por la puerta abierta de la cocina llegaba desde el fondo el perfume de los azahares del limonero. Supongo que me habrán vestido para aquel momento. Él tenía prohibido entrar a la casa pero dado que me traería el gato lo dejarían pasar un momento.
Era extraño. Él y el momento.
Yo imaginaba al gatito. Suave, blanquito, peludito.
Sobre la mesa de madera mi madre colocó una frazada vieja.
Al rato golpearon a la puerta y por el largo corredor lo vi venir hacia la cocina con una caja en sus manos. La apoyó sobre la mesa y la abrió.
Un enorme gato de color impreciso asomó su cabeza enloquecido y saltó de la caja perdiéndose, en una turba de gruñidos y aullidos, por la puerta de la cocina, rumbo al fondo.
Nunca lo volvimos a ver.
Permanecimos unos segundos aturdidos, mirando hacia afuera, intentando entender qué había sucedido.
Así fue el gato que él me regaló una vez.


viernes, 21 de febrero de 2014

Historias de la niña enojada. II) Chingolo


Pensé que se habían olvidado de ir a buscarme a la escuela. La maestra, sentada junto a mi en la escalinata, me observaba con gesto compungido. No eran muchas cuadras, tal vez seis o siete, pero nadie dejaría que volviera a casa sola. Creo que tenía ocho años.
Era otoño. Soplaba un fuerte viento helado y las hojas se arremolinaban contra mi portafolios de cuero marrón apoyado en el suelo. Pienso que pasaron muchas horas, pero supongo que habrán sido apenas unos minutos, porque los niños siempre estamos ansiosos cuando pensamos que no nos aman. Entonces lo vi venir, cruzando la avenida, y mi corazón comenzó a latir a prisa, como siempre que él estaba cerca.
Tenía veinte años, el pelo por los hombros y usaba un poncho de fibras naturales que alguien le había regalado. Era hermoso. Mi hermoso hermano mayor.
No importaba haber esperado porque me tomó de su mano y comenzamos a caminar hacia casa. Entonces él me contó que había muerto el gato; que lo habían buscado por todas partes para que yo no me pusiera triste al volver de la escuela y que finalmente lo habían encontrado en el sótano, que había muerto. Lo dijo con voz grave y pausada, mientras me apretaba la mano un poquito más fuerte de lo habitual.
Ya no hablamos más hasta llegar a casa. Fue cuando mi hermano subió a su cuarto, en el altillo de casa, y me trajo un libro que contaba la historia de Isadora Duncan.
A la noche, ya acostada, recordé a Chingolo, mi gato muerto en el sótano, y tuve miedo. Entonces encendí la luz y comencé a leer la historia de esa bailarina. Y el miedo se fue poniendo inquieto, y tuve ganas de ser como ella, de rebelarme, de ser excepcional, de que todos me aplaudieran mientras yo movía el cuerpo con belleza. Creo que tenía fiebre cuando me dormí horas después tapándome la oreja con el libro para dejar de escuchar el maullido distante de mi gato.
De noches así están hechos mis sueños.


lunes, 15 de abril de 2013

Historias de la niña enojada. I) Pero


Pero

Tenía dos bombachas y un orgullo enorme. Por las noches colgaba la rosada en la ventanita del baño para que se secara. Además, tenía trece años, un enamorado con moto que dejaba flores en la puerta de casa todas las mañanas y una madre que escondía el vino atrás de la cortinilla de la cocina, al lado de los detergentes.
Pero más que nada, tenía un orgullo enorme.
Lo besaba a la vuelta del liceo pero no me gustaba el olor de su piel. Pero las flores eran robadas de jardines vecinos, y rojas, y yo me las colgaba del pelo y me reía.
Pero nadie debía descubrir lo de las dos bombachas. Y el cabello debía ir tirante y prolijo, la camisa del uniforme blanca con su pollera planchada, los títulos subrayados. Y el elástico estirado sostenido en la cintura con el de la pollera.
Ella estaba enferma. Pero los domingos hacíamos guiso de mondongo y venían todos a comer. Y nadie descorría la cortinilla de la cocina. Y me preguntaban por las notas y yo les respondía que las más altas. Y ella insistía: es la mejor de la clase. Pero después se iban.
Y esa noche colgábamos la blanca en la ventanita del baño.
A veces llovía.
Pero mi madre me besaba, me arreglaba la camisa y al llegar a la esquina volteaba y la veía haciéndome adiós con la mano levantada. Yo sentía la bombacha húmeda contra las nalgas. Pero ese día teníamos Literatura.
Y los días fueron pasando.
Pasó hace mucho
Pero

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Un poema que hacía tiempo no leía junto a otra pintura de Chagall

PROSA DE TRANSIBERIANO Y DE LA PEQUEÑA JUANA DE FRANCIA

Blaise Cendrars

Dedicada a los músicos

En aquel tiempo yo era un adolescente

Apenas tenía dieciséis años y ya no recordaba mi infancia

Estaba a 16.000 leguas del lugar de mi nacimiento

Me hallaba en Moscú,

en la ciudad de los mil tres campanarios y las siete estaciones

Y no me bastaban las siete estaciones y las mil tres torres

Porque mi adolescencia era tan ardiente y loca

Que mi corazón, alternativamente,

ardía como el templo de Efeso o como la Plaza Roja de Moscú

Cuando se pone el sol.

Y mis ojos iluminaban antiguos senderos.

Y yo era tan mal poeta

Que no sabía llegar hasta el fondo de las cosas.

El Kremlin era como una inmensa torta tártara

Crujiente de oro.

Con las grandes almendras de las catedrales

inmensamente blancas

y el oro empalagoso de las campanas...

Un viejo monje me leía la leyenda de Novgorode

Yo tenía sed

Y descifraba caracteres cuneiformes

Luego, de pronto, las palomas del Espíritu Santo volaron sobre la plaza

y también mis manos alzaban el vuelo, con susurros de albatros

y esto era las últimas reminiscencias del último día

Del postrer viaje

y del mar.

No obstante, yo era un poeta muy malo.

No sabía llegar al fondo de las cosas.

Tenía hambre

Ya todos los días ya todas las mujeres en los cafés ya todas las copas

Habría querido beberlas y romperlas

Ya todas las vitrinas ya todas las calles

Ya todas las casas ya todas las vidas

Ya todas las ruedas de los coches que giraban

como torbellinos sobre los malos empedrados

Habría querido hundirlas en un gran horno de espadas

y habría querido moler todos los huesos

Y arrancar todas las lenguas

y licuar todos esos grandes cuerpos extraños

y desnudos bajo la ropa que me vuelve loco..

Presentía la llegada del gran Cristo rojo de la revolución rusa…

Y el sol era una inmensa herida que se abría como un brasero.

En aquel tiempo yo era un adolescente

Apenas tenía dieciséis años y ya no recordaba mi nacimiento

Estaba en Moscú, donde quería alimentarme de llamas

y no me bastaban las torres y las estaciones que cubrían mi ojos de estrella

En Siberia rugía el cañón, había guerra

A Hambre frío peste cólera

y las aguas fangosas del Amor arrastraban millones de carroñas

En todas las estaciones veía partir todos los últimos trenes

Ya nadie podía salir porque no se vendían más boletos

Y los soldados que se iban hubieran preferido quedarse...

Un viejo monje me cantaba la leyenda de Novgorode.

Yo, el mal poeta que no quería ir a ninguna parte, podía ir a todos lados

Y también los comerciantes todavía tenían dinero suficiente

Para ir a intentar hacer fortuna.

Su tren salía todos los viernes de mañana.

Se decía que había muchos muertos.

Uno llevaba cien cajas de despertadores y cucús de la Selva Negra

Otros cajas de sombreros, cilindros y un surtido de tirabuzones de Sheffield

Otros ataúdes de Malmoe llenos de latas de conservas y sardinas en aceite

También había muchas mujeres

Mujeres entrepiernas en alquiler que también podían usarse

Ataúdes

Todas pagaban impuestos

Se decía que había muchos muertos allí

Ellas viajaban con tarifa reducida

Y todas tenían una cuenta corriente en el banco.

Pues bien, un viernes de mañana me llegó la hora por fin

Estábamos en diciembre

y también yo partí para acompañar al viajante joyero que iba a Jarbín

Teníamos dos asientos en el expreso y 34 cofres de joyería de Pforzheim

Pacotilla alemana «Made in Germany»

Me había vestido de punta en blanco, y al subir al tren se me perdió un botón

[

- Lo recuerdo, lo recuerdo, a menudo pensé en ello desde entonces-

Yo dormía sobre los cofres y me sentía muy contento

de poder jugar con la browning Niquelada que también me había dado

Me sentía muy feliz despreocupado

Creía jugar a los bandoleros

Habíamos robado el tesoro de Golconda

Y, gracias al transiberiano, íbamos a ocultarlo del otro lado del mundo

Yo tenía que defenderlo contra los ladrones del Ural

que habían atacado a los saltimbanquis de Julio Veme

Contra los Junguzes, los boxers de la China

Y los rabiosos pequeños mongoles del Gran Lama

Alibabá y los cuarenta ladrones

Y los fieles del terrible Viejo de la montaña

Ysobre todo, contra los más modernos

Los rateros de hotel

Y los especialistas de los expresos internacionales

Y sin embargo, y sin embargo

Estaba triste como un niño

Los ritmos del tren

La «médula ferrocarrilera» de los psiquiatras americanos

El ruido de las puertas de las voces de los ejes rechinando sobre los rieles congelados

Ell ferlín de oro de mi futuro

Mi browning el piano y los juramentos de los jugadores

de cartas en el compartimento de al Iado «

La deslumbrante presencia de Juana

El hombre de anteojos azules que se paseaba nerviosamente

por el corredor y me miraba al pasar

Murmullos de mujeres

Y el silbido del vapor

Y el eterno ruido de las ruedas locas en los carriles celestes

Los vidrios están escarchados

¡La naturaleza no existe!

Y detrás, las llanuras siberianas el cielo bajo y las grandes sombras de los

Taciturnos que suben y bajan

Estoy acostado sobre una manta de viaje

Colorinche

Como mi vida

Y mi vida no me abriga más que esa manta

Escocesa

Y toda Europa entrevista por el parabrisas de un expreso a toda máquina

No es más rica que mi vida

Mi pobre vida

Esta manta

Deshilachada sobre cofres llenos de oro

Con los que viajo

Sueño

Fumo

y la única llama del universo

Es un pobre pensamiento...

Desde el fondo de mi corazón me brotan lágrimas

Si pienso, Amor, en mi querida;

Ella no es más que una niña, a quien encontré así

Pálida, inmaculada, en el fondo de un burdel.

No es más que una niña, rubia, risueña y triste,

No sonríe y nunca llora;

Pero en el fondo de sus ojos, cuando te deja beber en ellos,

Tiembla un dulce lis de plata, la flor del poeta.

Es dulce y muda, sin ningún reproche,

Con un largo estremecimiento cuando tú te aproximas;

Pero cuando yo voy hacia ella, por aquí, por allá, festivo,

Ella da un paso, luego cierra los ojos, y da un paso.

Porque es mi amor, y las otras mujeres

Sólo tienen vestidos de oro sobre grandes cuerpos llameantes,

Mi pobre amiga está tan desamparada,

Está toda desnuda, no tiene cuerpo, es demasiado pobre.

No es más que una flor cándida, endeble,

La flor del poeta, un pobre lis de plata,

Muy frío, muy solo, y ya tan mustio

Que me brotan las lágrimas si pienso en su corazón.

Y esta noche es similar a otras cien mil cuando un tren rasga la noche

[

- Caen los cometas-

Y el hombre y la mujer, aún jóvenes, se divierten haciendo el amor.

El cielo es como la carpa desgarrada de un circo pobre

en un pueblito de pescadores

En Flandres

El sol es un quinqué humoso

Y en lo más alto de un trapecio una mujer representa la luna.

El clarinete la corneta una agria flauta y un mal tambor

Y aquí está mi cuna

Mi cuna

Siempre estaba cerca del piano cuando mi madre como

Madame Bovary tocaba las sonatas de Beethoven

Yo pasé mi infancia en los jardines suspendidos de Babilonia

y la rabona, en las estaciones frente a los trenes a punto de salir

Ahora hago correr todos los trenes detrás de mí

Bale-Tombuctú

También jugué a las carreras en Auteuil y Longchamp París-Nueva York

Ahora hago correr todos los trenes a todo lo largo de mi vida Madrid-Estocolmo

Y perdí todas mis apuestas

Sólo queda la Patagonia,la Patagonia, que convenga a mi inmensa tristeza,

la Patagonia, y un viaje por los mares del Sur

Estoy en camino

Siempre estuve en camino

Estoy en el camino con la pequeña Juana de Francia

El tren pega un peligroso salto y vuelve a caer sobre todas sus ruedas

El tren vuelve a caer sobre sus ruedas

El tren siempre vuelve a caer sobre todas sus ruedas

«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»

Estamos lejos, Juana, viajas desde hace siete días

Estás lejos de Montmartre, de la Butte que te alimentó del

Sagrado Corazón contra el cual te acurrucaste

París desapareció y su enorme fogata

No quedan más que las cenizas constantes

La lluvia que cae

La turba que se hincha

La Siberiaque gira

Los pesados manteles de nieve que ascienden

Y el cascabel de la locura que tintinea como un último deseo en el aire azulado

El tren palpita en el corazón de los horizontes plomizos

Y tu pena ríe burlona.,.

«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»

Las preocupaciones

Olvida las preocupaciones

Todas las estaciones agrietadas oblicuas sobre la ruta

Los hilos telegráficos de los que cuelgan

Los postes grotescos que gesticulan y los estrangulan

El mundo se estira se alarga y se retira como un acordeón

atormentado por una mano sádica

En las resquebraduras del cielo, las furiosas locomotoras

Huyen

y en los agujeros,

las vertiginosas ruedas las bocas las voces

y los perros de la desdicha que ladran a nuestras espaldas

Los demonios están desencadenados

Chatarras

Todo es un acorde falso

El «brun-run-run» de las ruedas

Choques

Rebotes

Somos una tormenta bajo el cráneo de un sordo...

«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»

Pero sí, me pones nervioso, bien lo sabes, estamos muy lejos

La locura recalentada ruge en la locomotora

La peste el cólera se alzan como brasas ardientes en nuestro camino

Desaparecemos en la guerra totalmente en un túnel

El hambre P.uto se aferra a las nubes en desbandada

y estiércol de las batallas en montones apestosos de muertos

Haz como él, haz tu oficio...

«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»

Sí, estamos muy lejos, estamos muy lejos

Todos los chivos emisarios reventaron en este desierto

Oye los cencerros de ese rebaño sarnoso Tomsk

Tcheliabinsk Kainsk Obi Taichet Verkné Udinsk Kurgán Samara Pensa-Tulún

La muerte en Manchuria

Es nuestro desembarcadero y nuestra última guarida

Este viaje es terrible

Ayer por la mañana

Iván Ulitch tenía los cabellos blancos

y Kolia Nicolai Ivanovitch se roe los dedos desde hace quince días...

Haz como ellos la Muerte el Hambre haz tu oficio

Cuesta cinco francos, en transiberiano, cuesta cien rubIos

Afiebra los bancos y enrojece bajo la mesa

El diablo está en el piano

Sus nudosos dedos excitan a todas las mujeres

La Naturaleza

Las Busconas

Haz tu oficio

Hasta Jarbín...

«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»

Pero... vete al diablo... déjame tranquilo

Tienes caderas angulares

Tu vientre es agrio y tienes blenorragia

Eso es todo lo que París puso en tu regazo

También un poco de alma... porque eres desdichada

Tengo piedad tengo piedad ven hacia mí sobre mi corazón

Las ruedas son los molinos de viento de Jauja

Y los molinos de viento son las muletas que hace girar un mendigo

Somos los lisiados del espacio

Rodamos sobre nuestras cuatro heridas

Nos cortan las alas

Las alas de nuestros siete pecados

y todos los trenes son los baleros del diablo

Corral

El mundo moderno

La velocidad no tiene la culpa

El mundo moderno

Las lejanías están demasiado lejos

y al final del viaje es terrible ser un hombre con una mujer...

«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»

Tengo piedad tengo piedad ven a mí te contaré una historia

Ven a mi cama

Ven a mi corazón

Te contaré una historia...

¡Oh ven! ¡ven!

En Fidji reina la primavera eterna

La pereza

El amor extasía a las parejas en la hierba alta

y la sífilis ronda bajo los bananeros

¡ Ven a la islas perdidas del Pacífico!

Se llaman Fénix, Marquesas

Borneo y Java

y Célibes con forma de gato.

No podemos ir al Japón

¡ Ven a Méjico!

En sus altiplanicies florecen los tulipaneros

Las lianas tentaculares son la cabellera del sol

Se hablaría de la paleta y los pinceles de un pintor

Colores fragorosos como gongs,

Allí estuvo Rousseau

Allí deslumbró su vida

Es el país de los pájaros

El pájaro del paraíso, el ave lira

El tucán, el sinsonte

Yel colibrí anida en el corazón de los lirios negros

¡Ven!

Nos amaremos en las majestuosas ruinas de un templo azteca

Tú serás mi ídolo

Un ídolo abigarrado infantil un poco feo y extrañamente raro

¡Oh ven!

Si quieres iremos en aeroplano y volaremos sobre el país de los mil lagos,

Allí las noches son desmesuradamente largas

el antepasado prehistórico tendrá miedo de mi motor

aterrizaré

Y construiré un hangar para mi avión con los huesos fósiles de mamut

El fuego primitivo recalentará nuestro pobre amor

Samovar

Y nos amaremos muy burguesmente cerca del polo

¡Oh ven!

Juana Juanita Ninita nita tetita ninón

Mi chiquita mi cosita mi tesoro mi Perú

Arroró gurrumina

Pompón mi bombón

Mi preferida corazoncito

Nenita

Querida gatita

Mi lindo pecadito

Chuchita

Cucú

Se durmió

Se durmió

Y no se engulló ni una sola de todas las horas del mundo

Todos los rostros vislumbrados en las estaciones

Todos los relojes

La hora de París la hora de Berlín la hora de San Petesburgo

y la hora de todas las estaciones

Y en Ufa, el rostro ensangrentado del artillero

Y la esfera tontamente luminosa de Grodno

Y el eterno avance del tren

Todas las mañanas se ponen en hora los relojes

El tren adelanta el sol atrasa

No le hace, oigo las sonoras campanas

La enorme campana de Notre-Dame

La campaneta agridulce del Louvre que convocó la San Bartolomé

Los carillones enmohecidos de Brujas la Muerta

Las campanillas eléctricas de la biblioteca de Nueva York

Las campanas de Venecia

Y las de Moscú, el reloj de la Puerta Roja

que me contaba las horas cuando estaba en una oficina

Y mis recuerdos

El tren retumba en las placas giratorias

El tren rueda

Un gramófono gutural iza una marcha gitana

y el mundo, como el reloj del barrio judío de Praga, gira locamente al revés

Deshoja la rosa de los vientos

Ya zumban las tormentas desencadenadas

Los trenes ruedan en torbellino sobre las redes enmarañadas Baleros diabólicos

Hay trenes que nunca se encuentran

Otros se pierden en el camino

Los jefes de .estación juegan al ajedrez

Chaquete

Billar

Carambolas

Parábolas

la vía férrea es una nueva geometría

Siracusa

Arquímedes

y los soldados que lo degollaron

y las galeras

y las naves

y los prodigiosos artefactos que inventó

y todas las matanzas

La historia antigua

La historia moderna

Los torbellinos

Los naufragios

Hasta el del Titanic que leí en el diario

Otras tantas imágenes-asociaciones que no puedo desarrollar en mis versos

Porque todavía soy un poeta muy malo

Porque el universo me desborda

Porque no me preocupé por asegurarme contra los accidentes de tren

Porque no sé ir hasta el fondo de las cosas

y tengo miedo.

Tengo miedo

No sé ir hasta el fondo de las cosas

Como mi amigo Chagall podría hacer una serie de cuadros dementes

Pero no tomé notas de viaje

«Perdónenme la ignorancia

Perdónenme no conocer ya el antiguo juego de los versos»

Como dice Guillaume Apollinaire

Todo lo que se refiere a la guerra puede leerse en las Memorias de Kuropatkin

O en los diarios japoneses que están tan cruelmente ilustrados

Para qué documentarme

Me abandono

A los sobresaltos de mi memoria...

A partir de lrkutsk el viaje se hizo demasiado lento

Demasiado largo

Nosotros estábamos en el primer tren que rodeaba el lago Baikal

Habían adornado la locomotora con banderas y farolitos

Y dejamos la estación con los tristes acentos del himno al Zar

Si yo fuera pintor vertería mucho rojo, mucho amarillo en el final de este viaje

Pues en verdad creo que todos estábamos un poco locos

Y que un inmenso delirio ensangrentaba

las nerviosas caras de mis compañeros de viaje

Cuando nos acercábamos a Mongolia

Que retumbaba como un incendio.

El tren había disminuido su marcha

Y en el perpetuo rechinamiento de las ruedas percibía

Los acentos locos y los sollozos

De una liturgia eterna.

He visto

He visto los trenes silenciosos los trenes negros que volvían

del Lejano Oriente y que pasaban como fantasmas

y mi ojo, como el fanal de popa, aún corre tras esos trenes

En Talga agonizaban 100.000 heridos por falta de cuidados

Visité los hospitales de Krasnoiarsk

y en Jilok nos cruzamos con un largo convoy de soldados locos

En los lazaretos vi llagas abiertas heridas que sangraban a rabiar

los miembros amputados danzaban en derredor

o alzaban el vuelo en el aire ronco

El incendio se hallaba en todas las caras en todos los corazones

Dedos idiotas tamborileaban sobre todos los vidrios

y bajo la presión del miedo todas las miradas

reventaban como abscesos

En todas las estaciones quemaban todos los vagones

y he visto

He visto trenes de 60 locomotoras que huían a todo vapor

perseguidas por los horizontes en celo y bandas de cuervos

que alzaban el vuelo desesperadamente tras ellos

Desaparecer

En dirección de Port-Arthur.

En Tchita tuvimos algunos días de respiro

Detención de cinco días debido a la obstrucción de la vía

Los pasamos en casa del Señor Yankelevitch

que quería darme a su hija única en matrimonio

Luego volvió a partir el tren.

Ahora me había instalado yo en el piano y me dolían los dientes

Cuando quiero vuelvo a ver ese interior tan tranquilo el

negocio del padre y loS ojoS de la hija que de noche venía a mi cama

Mussorgsky

Y los lieder de Hugo Wolf

Y las arenas del Gobi

Y en Jailar una caravana de sombreros blancos

Realmente creo que estaba ebrio durante más de 500 kilómetros

Pero estaba en el piano yeso es todo lo que vi

Cuando se viaja habría que cerrar los ojos

Dormir

Hubiera deseado tanto dormir

Reconozco todos los países con los ojos cerrados por su olor

y reconozco todos los trenes por el ruido que hacen

Los trenes de Europa son de cuatro tiempos mientras que los

de Asia son de cinco o siete tiempos

Otros van en sordina son canciones de cuna

Hay algunos que por el ruido monótono de las ruedas

me recuerdan la pesada prosa de Maeterlinck

He descifrado todos los textos confusos de las ruedas y

reunido los elementos dispersos de una violenta belleza

Que poseo

y que me acosa.

Tsitsikar y Jarbín

No voy más lejos

Es la última estación

Me apeé en Jarbín cuando acababan de prender fuego a las

oficinas de la Cruz Roja

Oh París

Gran hogar cálido con los tizones entrecruzados de tus calles

y tus viejas casas que se inclinan sobre ellas

y se recalientan Como abuelas

y aquí hay anuncios, rojo verde multicolores como mi pasado en suma amarillo

Amarillo el arrogante color de las novelas de Francia en el extranjero

Me gusta frotarme con los ómnibus en marcha en las grandes ciudades

Los de la línea Saint-Germain

-Montmartre me llevan al asalto de la Butte

Los motores mugen como los toros de oro

Las vacas del crepúsculo pastan en el Sagrado Corazón

Oh París

Estación central andén de las voluntades encrucijada de las inquietudes

Unicamente los droguistas aún tienen un poco de luz sobre su puerta

La Compañía Internacional de Wagons-Lits y de los

Grandes Expresos Europeos me envió su prospecto

Es la iglesia más hermosa del mundo

Tengo amigos que me rodean como pretiles

Cuando parto tienen miedo de que no vuelva más

Todas las mujeres que conocí se alzan en los horizontes

Con los gestos lastimosos y las miradas tristes de los semáforos bajo la lluvia

Bella, Inés, Catalina y la madre de mi hijo en Italia

y aquélla, la madre de mi amor en América

Hay gritos de sirena que me parten el alma

Allá lejos en Manchuria un vientre se estremece todavía como en un parto

Querría

Querría no haber hecho nunca mis viajes

Esta noche me atormenta un gran amor

Ya pesar mío pienso en la pequeña Juana de Francia.

Fue en una noche de tristeza cuando escribí este poema en honor

Juana

La pequeña prostituta

Estoy triste estoy triste

Iré al «Conejo ágil» a recordar mi juventud perdida

y tomar unas copitas

Luego volveré solo

París

Ciudad de la Torre única del gran Patíbulo y de la Rueda

París, 1913