miércoles, 18 de febrero de 2009

Tatuaje

La mujer tendrá unos cincuenta y cinco, sesenta años. Mientras espera para bajar del ómnibus descubro, sobre su brazo flácido, el tatuaje.
Prendida a la piel arrugada y sin firmeza, la mariposa de tinta oscura cuelga sin hermosura.
Hay una cierta crueldad en esa marca antigua, señal de un tiempo de juventud, talvez de rebeldía, de animarse a sufrir por la belleza; un tiempo de mariposas vivas sobre brazos musculosos y pieles lisas.
Melancolía de mariposas muertas bajando por la escalerilla metálica del ómnibus justo un lunes a las diez.

lunes, 15 de diciembre de 2008

La camiseta

La camiseta del colegio más caro de Montevideo está gastada. La tiran a la basura. O la regalan a la empleada doméstica. O la dejan en el contenedor en una bolsita separada de los restos de comida. O la donan a una ong. O se la dan al que golpeó la puerta.
La camiseta del colegio más caro de Montevideo sobrevive porque es de buen algodón.
Un niño sube a vender pastillas de menta en el ómnibus. Luce, limpia y vieja, la camiseta del colegio más caro de Montevideo. Sobre el bolsillo, bordado en hilo verde, el escudo del colegio promociona el derrotero de la injusticia.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Fotografías

Hace algunos días me invitaron a facebook. Fue una experiencia inusual. En menos de una semana tenía algo así como veinte amigos. Más de lo que he logrado en cuarenta años de existencia. Todos ellos cuelgan sus fotografías y las comparten. Busco alguna foto digital y sólo encuentro una en la que estoy con Jorge en la puerta de un teatro. Nos la tomó el fotógrafo de la obra y realmente estamos muy guapos, peinaditos, bien iluminados, hasta casi sonrientes. La cuelgo para compartir, para no parecer malhumorada. Inmediatamente comienzo a sentir deseos de bajarme de facebook, ¿qué hago en ésta red? ¿cómo hago para subir las veinte fotos que guardo, amarillentas, en una bolsita de nylon dentro del baúl? ¿Las scaneo? Es que son tan viejas.
Luego comento una foto que publica una conocida y recibo un correo de un amigo de esa conocida, que se siente con derecho a intervenir, y me comenta que debo tener OJO con lo que publico porque puede leerlo una amiga de la amiga de su amiga y mi comentario podría ser desagradable. Cada vez deseo con más fuerzas bajarme del facebook hasta que me bajo. El programa me pregunta por qué y elijo una de las opciones que él mismo brinda. Siento algo de pena los primeros días, nunca perdí 20 amigos en tan poco tiempo. ¿Qué será de ellos? ¿Dónde estará ahora la foto que publiqué?.

Todo ésto en realidad para hablar de las fotografías. Me cansa tanto mirar fotografías. De cientos y cientos de fotografías solo algunas pocas me resultan atractivas. Siento lo que Barthes explica en La Cámara Lúcida, un libro que escribió al poco tiempo de morir su madre mientras buscaba una fotografía que le hiciera mérito al recuerdo que él tenía de ella. Y no la encontraba porque todas las fotos eran parecidas, porque casi ninguna foto tenía lo que él llama "pinchazo" o "flecha". Algo que sale de la foto y que realmente nos coloca en el lugar de la emoción, en el lugar de constatar que "esto ha sido", ha sido aunque yo todavía no había nacido, ha sido aunque yo no conozca ese lugar, ha sido aunque yo no sepa quienes son los retratados. Una experiencia temporal, una experiencia de memoria onto y filogenética. Fotografías que nos sacuden, no necesariamente porque muestren algo tremendo o doloroso, ese dolor políticamente correcto, ese dolor aprendido por pertenecer a una sociedad, a un tiempo, a una cultura. Otro dolor, un dolor particular, una sensación de estar tocando, al mirar la fotografía, una zona de nuestra sensibilidad adormecida.

Debería scanear la fotografía de mi madre, en la que tiene veinte años y está en la quinta de mi bisabuela tomando con una mano la rama de un laurel?. Es una foto tan vieja, tan arrugada...Jorge le puso un marquito y ahora está escondida entre mil objetos en la estantería de los libros. En esa foto amarillenta mi madre joven sonríe, su pequeña cintura, su gesto fresco, su pollera floreada...Pocos, mucho menos que veinte amigos podrán entender por qué tendría yo que colgar esa vieja foto en el facebook.

Debería scanear la fotografía de mi hermano recostado en un fusca a sus veinte años? Con su campera de jean en la calle de belvedere? O la de mi otro hermano, fumando frente a una computadora en el banco de crédito, allá por los años ochenta, con su remerita marrón ajustada?
O la que tomamos con la polaroid bajo la escalera de casa y que muestra en uno de los escalones, colocados derechitos y lustrados, los zapatos del trabajo de mi hermano. Y detrás de la escalera la pared descascarada. Y todos nosotros con sonrisas ásperas, como si nos faltaran algunos dientes y no quisiéramos que se notara. Y sin como si.

O la foto en que estoy colgada en la varanda de madera, allá en el morro, mirando la laguna.
O la foto en la que tengo menos de un año y mis tres hermanos con gorritos de cumpleaños me rodean sobre una cama de matrimonio?

No es posible. No puedo. Mis fotos. Mis fotitos.
Algún amigo hay para compartirlas. Muy pocos.
Chau facebook. Como me dijo alguien una vez: demasiado pop para vos.

domingo, 12 de octubre de 2008

En octubre

En octubre no recuerdo si los durazneros y ciruelos del fondo ya habían florecido . La parra seguro estaba mustia, colgada entre los hierros de la verja que rodeaba el balconcito y el gallinero ya sin bichos. En octubre no recuerdo si el limonero todavía tenía frutos, si el pomelo continuaba engañándonos con ser un naranjero, ni si el níspero ya me había rozado con sus hojas de araña vegetal. No recuerdo, tampoco, cómo era exactamente el camino de los árboles por los que tantas veces anduve.

Recuerdo sí, siempre, las flores allá al final del fondo, las flores amarillas de largos tallos duros, como calas, que crecían en octubre y de las que mi madre decía con seriedad de fabuladora experta: nacen para tu cumpleaños.

Y las poníamos en un frasco con agua, sobre el mantel de hule, y todo parecía hecho especialmente para mi, como si la naturaleza me regalara cada 29 de octubre un ramo de flores. Flores que nunca volví a ver, flores contra el alambrado al final del fondo de mi infancia.
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Un octubre vino. Faltarían pocos días para mis quince años. Le abrieron la puerta de calle pero lo dejaron esperando en el descansillo, antes de la puerta cancel con cortinas de voile anaranjado. Él no podía entrar a la casa. Desde que yo tenía un año él no podía entrar a la casa. Vino y pidió para hablar conmigo. Alguien me avisó, talvez mi madre: quiere hablar contigo. Y yo fuí hasta la puerta . Lo recuerdo joven y viejo al mismo tiempo; gris, cansado y extraño. Dijo: te traeré un regalo. No sé que más. Dijo eso, te traeré un regalo. Nunca lo besé, nunca lo toqué, nunca lo abracé. Jamás. Lo ví cientos de veces en la calle, en las entradas de los comercios cerrados de Carlos María Ramírez; lo ví cientos de veces como un bulto; lo ví cientos de veces esperando que no me llamara, que no me mirara, que no me diera tanta vergüenza, ni tanto miedo triste. Nunca nos acercamos. Soñaba que hubiera una equivocación, especulaba secuestros, adopciones, errores hospitalarios que explicaran algún día el error de nuestro lazo intenso e invisible. Aún no ha llegado la confirmación de eso; es más, cada día que pasa siento con más certeza que aquel hombre abandonado y abandonante era el verdadero, que no hay otro.
El regalo no llegó. ¿Lo espero todavía? Quien sabe. Voy a cumplir cuarenta en pocos días...Habrá comprado el regalo y lo habrá perdido? Qué sería? En octubre siempre pienso cómo habría sido si él me hubiese traido aquel regalo.
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viernes, 3 de octubre de 2008

Humo

Como un vacío. Como un blanco. Como si hubiese humo. Como oxidado. Como espeso. Como trancado. Como si estuviera ahí escondido pero no saliera, se negara a salir. Y la convicción de que alguna vez estuvo fuera, lleno, fresco, destrancado y hoy está así, ¿cómo? y no poder explicarlo. No tener palabras para esta distancia, esta dificultad, esta tristeza, este miedo, esta sensación de que dentro de la cabeza se coló un bicho que mueve las alas y enreda las neuronas. Y a veces duerme, el bicho, y el agua corre, y las ideas fluyen. Pero las más veces está despierto, en ocasiones aleteando con desgano, otras con esmero, desesperadamente, tirando las estanterías, desordenándolo todo. Podría buscar nombres parecidos pero me asustan, así que lo dejo ahí, como si su anonimato me salvara. Una bocanada de aire de palabras.

lunes, 19 de mayo de 2008

Balcones

Iba por el viernes con el sobre amarillo. Dejó pasar la roja. Cruzó de medias agujereadas. Llegó a la oficina asustando a las computadoras con su virus cordial, maligno y descortés. El sobre llegó igual. Lacrado, cerrado y amarillo. Ella también. Pero no tanto.

Me asombra ir por la rambla de Pocitos y constatar que en cientos y cientos de balcones no hay gente. Busco a alguien. Me pregunto, habrá alguien que alquiló ese apartamento frente al río y cuando supo que tenía terraza o balcón pensó "miraré el río desde el balcón"; pero, nadie. Paso de mañana, de tarde, de noche, y en los cientos y cientos de balcones no veo a nadie, o esporádicamente a una persona, a dos, a muy pocos. Supongo que en la noche de las luces habrá más gente, supongo que habrá momentos, cuando yo no paso, que todos saldrán a los balcones a respirar hondo, a hundirse en el perfume salobre de peces grises, en el atardecer rojo, en alguna fantástica maravilla de las que ofrece el mundo a los que tienen balcones frente al río, o terrazas con sillones reclinables y plantas verdes y cortinas blancas y vidrios limpiados por señoras de cofia. Supongo. Supongo que para algo será que están allí, colgando, esos balcones. Y que por eso inciden en el precio de los alquileres los balcones; y que por algo encarecen la vida los balcones. No será para que cuelguen ahí, como nichos, no será, digo. Yo, con mi resentimiento enorme, con mis ganas de casa, fondo, jardín, balcón, no puedo menos que mirar todos los días esperando el sentido del despilfarro, el sentido de la vanidad de tener una terraza de cinco metros por cinco colgada frente al río de la plata solamente para poner una mesita de cerámica con un potiche pintado por un indio en méxico traído de un viaje a cancun y no salir nunca, nunca, por lo menos no salir cuando yo paso, al menos para reconfortarme algún día con un gesto que diga: este balcón que tengo y que disfruto y que no es tuyo. Pero están vacíos. Como las casas vacías que nadie alquila. Como los campos vacíos que nadie siembra. Como los balnearios repletos de piscinas que esperan tapadas un verano de tres meses. Como las bibliotecas repletas de libros que nadie lee. Como los roperos tupidos de ropa que ya no usan. Tanta ostentación...Estoy furiosa porque ando buscando una lugar bonito para vivir y no lo puedo pagar. No solo lo bonito, sencillamente lo decoroso cuesta más que tres sueldos de los que gano hoy y me molesta.
Siento ganas de pelear. De batirme en duelo por un balcón, un fondo con pinos. De ganar un jardín a golpes de puño. De asaltar los balcones vacíos con tomates podridos hasta que se vayan y yo subir entonces a ocupar el sitio que merezco, ¿merezco?, solo por una cuestión de amor a mi estilo. Ellos sabrán sus razones y yo las mías. Yo tendré que permanecer ahí, fumando, mirando el río, pensando por qué todas las personas que pasan por la calle van tan tristes, tan calladas. Y verme allá abajo, pasando sin balcón.

martes, 29 de abril de 2008

Desde los tilos hasta esta noche

Estoy entusiasmada con este asunto del blog. Todos los días lo abro y le hago retoques como si fuera una casa nueva a la que uno le va poniendo cortinas y cuadritos en las paredes. Entro y lo miro, ya no esperando alguna respuesta que como dije es prácticamente imposible que suceda (aunque he de decir que justamente esa entrega a la fortuna es lo que más me estimula), entro para verlo y pensar si sería más bonito que tuviera otra foto, otro color, otra letra y si talvez, la persona aquella que espero que lo encuentre, lo sentirá como un lugar acogedor donde quedarse un rato o como una de esas salas parecidas al comedor de mis abuelos. Era un lugar oscuro a donde nadie jamás entraba - allí recuerdo haber preparado mis exámenes de quinto humanístico hace muchos años - con unos muebles de madera oscura, lustrosa y patas torneadas por algún carpintero de Belvedere con ambiciones artísticas. Pasábamos por él para ir hasta el baño, pasaba por él para ir a mi dormitorio al fondo de la casa, pero nunca estábamos ahí porque no daban ganas. Estudié allí muy bien, en un silencio sobrecogedor como de iglesia, pero cuando terminaba de hacerlo recuerdo que salía corriendo hacia el jardín. A veces ya anochecía. Mi abuelo regaba; era un lugar hormigoneado con grandes canteros alrededor donde aquel viejo descendiente de tanos agricultores plantaba todo lo que podía: rosas, mates, orégano, jazmines, malva, tomillo, tomates, choclos, ruda. El agua de la regadera despertaba el perfume de todas aquellas plantas singulares, una inusitada colección quien sabe con qué similitud escondida (como la de los animales que Borges dice haber encontrado en una Enciclopedia China y que cita Eco en Las palabras y las cosas). Las regaba y yo lo acompañaba porque me encantaba estar cerca de aquel hombre de cabellos grises, ojos celestes y manos tan gruesas y ásperas como la corteza de un árbol antiguo; el hombre que me preparaba por las mañanas, antes de ir a los exámenes, el más rico café con leche que he tomado en mi vida. A veces durante el día, agobiada por tanta literatura o filosofía al estilo educación media, también tenía que salir de aquella sala y me sentaba a la puerta de la casa de Tati, bajo los tilos. Bajo los tilos que él había plantado estudié muchas tardes del diciembre del 85, a menos de un año de haber muerto mi madre, la hija de Tati; y los tilos me tranquilizaban, o yo así lo creía. Pero el comedor...el comedor...quisiera que este blog fuera para el que lo encuentre más como un tilo, más como las manos de mi abuelo, más como la ruda mojada mezclada con los jazmines de diciembre, mucho más que aquel comedor oscuro donde estudié cosas que ya olvidé.
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La vanidad me resulta particularmente llamativa. Veo a mi alrededor a personas que simulan uno cierto abandono humilde, una cierta resistencia a vanagloriarse, una particular y enojosa manera de parecer sencillos, gente que...no puedo decirlo mejor que parafraseándolo, confiesan pecados pero no infamias, confiesan violencias pero no cobardías. Y como no hay peor cosa que partir algo que es bello entero, acá va su Poema en Línea Recta, para todos nosotros, semidioses.
Poema Línea Recta
"Nunca conocí a alquien a quien le hubiesen dado bofetadas.
Todos mis conocidos son campeones en todo.

Y yo, tantas veces bajo, tantas veces guarro, tantas veces vil,
yo tantas veces irreplicablement parásito,
indisculpablemente sucio,
yo, que tantas veces no he tenido paciencia para bañarme,
yo, que tantas veces he sido ridículo, absurdo,
que he ocultado los pies públicamente en las alfombras de la etiqueta,
que he sido grotesco, mezquino, sumiso y arrogante,
que he sufrido afrentas y callado,
que cuando no he callado, he sido más ridículo aún;
yo que les he sido cómico a las criadas de hotel,
yo, que he sentido el guiñar de ojos de los mozos recaderos,
yo, que he hecho vergüenzas financieras, pedido prestado sin pagar,
yo que, cuando la hora del puñetazo surgió, me he agachado
hacia afuera de la posibilidad del puñetazo;
yo, que he sufrido la angustia de las pequeñas cosas ridículas,
yo verifico que no tengo par en todo esto en este mundo.

Toda la gente que yo conozco y que se habla conmigo
nunca tuvo un acto ridículo, nunca sufrió afrentas,
nunca fue sino un príncipe - todos ellos príncipes - en la vida...
¡Quién me diera oír de alguien la voz humana
que confesase no un pecado, sino una infamia;
que contase, no una violencia, sino una cobardía!
No, son todos lo Ideal, si los oigo y me hablan.
¿Quién hay en este ancho mundo que me confiese que una vez fue vil,
Oh príncipes, hermanos míos,

¡coño, estoy harto de semidiosees!
¿En dónde hay gente en el mundo?

¿Así que soy solo yo que soy vil y erróneo en esta tierra?

Podrán las mujeres no haberlos amado,
pueden haber sido traicionados - ¡pero ridículos nunca!
Y yo, que he sido ridículo sin haber sido traicionado,
¿Cómo puedo yo hablar con mis superiores sin titubear?
Yo, que he sido vil, literalmente vil,
vil en el sentido mezquino e infame de la vileza."

Fernando Pessoa