martes, 8 de marzo de 2011

o poeta fernando


Autopsicografia


O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
Que chega a fingir que é dor
A dor que deveras sente.

E os que lêem o que escreve,
Na dor lida sentem bem,
Não as duas que ele teve,
Mas só a que eles não têm.

E assim nas calhas de roda
Gira, a entreter a razão,
Esse comboio de corda
Que se chama coração.

Fernando Pessoa.

domingo, 6 de marzo de 2011

femenina?





imponen sus convicciones como autoridad, reclaman racionalidad, defienden el orden positivo en la secuencia de los argumentos, ejercitan sin piedad intuiciones como verdades, reclaman imaginación como si fuera logos y creatividad como si fuera estadística. El cinismo como escudo, el desamor como radicalidad, la violencia como antítesis de otras violencias. Compiten. Compiten. Compiten.
No dejan nada librado al caos de la vida sin discurso; ordenan sus creencias como si fueran bits y sus miedos como si fueran ciencia.
De femenino tienen lo masculino. Y la desigualdad se acentúa en la misma lucha por matarla.
Triste violencia de no poder escapar de ser violentas.


miércoles, 18 de febrero de 2009

Tatuaje

La mujer tendrá unos cincuenta y cinco, sesenta años. Mientras espera para bajar del ómnibus descubro, sobre su brazo flácido, el tatuaje.
Prendida a la piel arrugada y sin firmeza, la mariposa de tinta oscura cuelga sin hermosura.
Hay una cierta crueldad en esa marca antigua, señal de un tiempo de juventud, talvez de rebeldía, de animarse a sufrir por la belleza; un tiempo de mariposas vivas sobre brazos musculosos y pieles lisas.
Melancolía de mariposas muertas bajando por la escalerilla metálica del ómnibus justo un lunes a las diez.

lunes, 15 de diciembre de 2008

La camiseta

La camiseta del colegio más caro de Montevideo está gastada. La tiran a la basura. O la regalan a la empleada doméstica. O la dejan en el contenedor en una bolsita separada de los restos de comida. O la donan a una ong. O se la dan al que golpeó la puerta.
La camiseta del colegio más caro de Montevideo sobrevive porque es de buen algodón.
Un niño sube a vender pastillas de menta en el ómnibus. Luce, limpia y vieja, la camiseta del colegio más caro de Montevideo. Sobre el bolsillo, bordado en hilo verde, el escudo del colegio promociona el derrotero de la injusticia.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Fotografías

Hace algunos días me invitaron a facebook. Fue una experiencia inusual. En menos de una semana tenía algo así como veinte amigos. Más de lo que he logrado en cuarenta años de existencia. Todos ellos cuelgan sus fotografías y las comparten. Busco alguna foto digital y sólo encuentro una en la que estoy con Jorge en la puerta de un teatro. Nos la tomó el fotógrafo de la obra y realmente estamos muy guapos, peinaditos, bien iluminados, hasta casi sonrientes. La cuelgo para compartir, para no parecer malhumorada. Inmediatamente comienzo a sentir deseos de bajarme de facebook, ¿qué hago en ésta red? ¿cómo hago para subir las veinte fotos que guardo, amarillentas, en una bolsita de nylon dentro del baúl? ¿Las scaneo? Es que son tan viejas.
Luego comento una foto que publica una conocida y recibo un correo de un amigo de esa conocida, que se siente con derecho a intervenir, y me comenta que debo tener OJO con lo que publico porque puede leerlo una amiga de la amiga de su amiga y mi comentario podría ser desagradable. Cada vez deseo con más fuerzas bajarme del facebook hasta que me bajo. El programa me pregunta por qué y elijo una de las opciones que él mismo brinda. Siento algo de pena los primeros días, nunca perdí 20 amigos en tan poco tiempo. ¿Qué será de ellos? ¿Dónde estará ahora la foto que publiqué?.

Todo ésto en realidad para hablar de las fotografías. Me cansa tanto mirar fotografías. De cientos y cientos de fotografías solo algunas pocas me resultan atractivas. Siento lo que Barthes explica en La Cámara Lúcida, un libro que escribió al poco tiempo de morir su madre mientras buscaba una fotografía que le hiciera mérito al recuerdo que él tenía de ella. Y no la encontraba porque todas las fotos eran parecidas, porque casi ninguna foto tenía lo que él llama "pinchazo" o "flecha". Algo que sale de la foto y que realmente nos coloca en el lugar de la emoción, en el lugar de constatar que "esto ha sido", ha sido aunque yo todavía no había nacido, ha sido aunque yo no conozca ese lugar, ha sido aunque yo no sepa quienes son los retratados. Una experiencia temporal, una experiencia de memoria onto y filogenética. Fotografías que nos sacuden, no necesariamente porque muestren algo tremendo o doloroso, ese dolor políticamente correcto, ese dolor aprendido por pertenecer a una sociedad, a un tiempo, a una cultura. Otro dolor, un dolor particular, una sensación de estar tocando, al mirar la fotografía, una zona de nuestra sensibilidad adormecida.

Debería scanear la fotografía de mi madre, en la que tiene veinte años y está en la quinta de mi bisabuela tomando con una mano la rama de un laurel?. Es una foto tan vieja, tan arrugada...Jorge le puso un marquito y ahora está escondida entre mil objetos en la estantería de los libros. En esa foto amarillenta mi madre joven sonríe, su pequeña cintura, su gesto fresco, su pollera floreada...Pocos, mucho menos que veinte amigos podrán entender por qué tendría yo que colgar esa vieja foto en el facebook.

Debería scanear la fotografía de mi hermano recostado en un fusca a sus veinte años? Con su campera de jean en la calle de belvedere? O la de mi otro hermano, fumando frente a una computadora en el banco de crédito, allá por los años ochenta, con su remerita marrón ajustada?
O la que tomamos con la polaroid bajo la escalera de casa y que muestra en uno de los escalones, colocados derechitos y lustrados, los zapatos del trabajo de mi hermano. Y detrás de la escalera la pared descascarada. Y todos nosotros con sonrisas ásperas, como si nos faltaran algunos dientes y no quisiéramos que se notara. Y sin como si.

O la foto en que estoy colgada en la varanda de madera, allá en el morro, mirando la laguna.
O la foto en la que tengo menos de un año y mis tres hermanos con gorritos de cumpleaños me rodean sobre una cama de matrimonio?

No es posible. No puedo. Mis fotos. Mis fotitos.
Algún amigo hay para compartirlas. Muy pocos.
Chau facebook. Como me dijo alguien una vez: demasiado pop para vos.

domingo, 12 de octubre de 2008

En octubre

En octubre no recuerdo si los durazneros y ciruelos del fondo ya habían florecido . La parra seguro estaba mustia, colgada entre los hierros de la verja que rodeaba el balconcito y el gallinero ya sin bichos. En octubre no recuerdo si el limonero todavía tenía frutos, si el pomelo continuaba engañándonos con ser un naranjero, ni si el níspero ya me había rozado con sus hojas de araña vegetal. No recuerdo, tampoco, cómo era exactamente el camino de los árboles por los que tantas veces anduve.

Recuerdo sí, siempre, las flores allá al final del fondo, las flores amarillas de largos tallos duros, como calas, que crecían en octubre y de las que mi madre decía con seriedad de fabuladora experta: nacen para tu cumpleaños.

Y las poníamos en un frasco con agua, sobre el mantel de hule, y todo parecía hecho especialmente para mi, como si la naturaleza me regalara cada 29 de octubre un ramo de flores. Flores que nunca volví a ver, flores contra el alambrado al final del fondo de mi infancia.
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Un octubre vino. Faltarían pocos días para mis quince años. Le abrieron la puerta de calle pero lo dejaron esperando en el descansillo, antes de la puerta cancel con cortinas de voile anaranjado. Él no podía entrar a la casa. Desde que yo tenía un año él no podía entrar a la casa. Vino y pidió para hablar conmigo. Alguien me avisó, talvez mi madre: quiere hablar contigo. Y yo fuí hasta la puerta . Lo recuerdo joven y viejo al mismo tiempo; gris, cansado y extraño. Dijo: te traeré un regalo. No sé que más. Dijo eso, te traeré un regalo. Nunca lo besé, nunca lo toqué, nunca lo abracé. Jamás. Lo ví cientos de veces en la calle, en las entradas de los comercios cerrados de Carlos María Ramírez; lo ví cientos de veces como un bulto; lo ví cientos de veces esperando que no me llamara, que no me mirara, que no me diera tanta vergüenza, ni tanto miedo triste. Nunca nos acercamos. Soñaba que hubiera una equivocación, especulaba secuestros, adopciones, errores hospitalarios que explicaran algún día el error de nuestro lazo intenso e invisible. Aún no ha llegado la confirmación de eso; es más, cada día que pasa siento con más certeza que aquel hombre abandonado y abandonante era el verdadero, que no hay otro.
El regalo no llegó. ¿Lo espero todavía? Quien sabe. Voy a cumplir cuarenta en pocos días...Habrá comprado el regalo y lo habrá perdido? Qué sería? En octubre siempre pienso cómo habría sido si él me hubiese traido aquel regalo.
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viernes, 3 de octubre de 2008

Humo

Como un vacío. Como un blanco. Como si hubiese humo. Como oxidado. Como espeso. Como trancado. Como si estuviera ahí escondido pero no saliera, se negara a salir. Y la convicción de que alguna vez estuvo fuera, lleno, fresco, destrancado y hoy está así, ¿cómo? y no poder explicarlo. No tener palabras para esta distancia, esta dificultad, esta tristeza, este miedo, esta sensación de que dentro de la cabeza se coló un bicho que mueve las alas y enreda las neuronas. Y a veces duerme, el bicho, y el agua corre, y las ideas fluyen. Pero las más veces está despierto, en ocasiones aleteando con desgano, otras con esmero, desesperadamente, tirando las estanterías, desordenándolo todo. Podría buscar nombres parecidos pero me asustan, así que lo dejo ahí, como si su anonimato me salvara. Una bocanada de aire de palabras.